350 años de historia

Conclusión

Cuando Marguerite Bourgeoys arriba a Canadá, en 1653, trae consigo un pequeño atado de efectos personales y una fe en Dios a toda prueba. Cuenta también, con el conocimiento de una de las más avanzadas teorías pedagógicas de la época, y una docena de años de experiencia práctica. Durante casi medio siglo en su país de adopción, una empatía y una notable intuición, le permiten conocer las necesidades de la gente que la rodea, poniendo en marcha la voluntad y la creatividad necesarias para encontrar y aplicar los medios que le permitirían responder a las mismas. A fin de cumplir su obra de educadora, funda la Congregación de Notre-Dame de Montreal, una comunidad de mujeres capaces de dirigirse allí donde se las necesita a través de toda la Nouvelle-France. Sus esfuerzos apuntan a promover la educación religiosa, moral y práctica de los hombres y, sobre todo, de las mujeres para permitirles una vida fructífera y para que puedan jugar plenamente, su rol en el desarrollo de las sociedades donde viven.

Después de la muerte de Marguerite, en 1700, sus valores fueron conservados por la Congregación de Notre-Dame la que, desde entonces, ha franqueado las barreras culturales y lingüísticas para reunir mujeres pertenecientes a los tres pueblos fundadores de Canadá. Durante más de trescientos años de guerra y de paz, de penurias y de prosperidad, de cambios sociales y políticos, la congregación continúa la obra educativa emprendida por Marguerite Bourgeoys, adaptándola, igual que ella, a las necesidades de la época. Convencida de la importancia del rol de las mujeres en la sociedad, la Congregación formará a generaciones de muchachas, primero en Montreal y toda la Nouvelle-France, y después en Canadá y Estados Unidos. En el Siglo XX, se abrieron diversas oportunidades para las mujeres y para la Congregación toda, permitiéndole contar entres sus antiguas alumnas abogadas y médicas, jueces y ministros, periodistas, escritoras y poetisas. Es la época en que la comunidad se extiende a Japón, América Latina, Europa y África.

En la segunda década del nuevo milenio, la Congregación de Notre-Dame permanece fiel al espíritu de la pionera Marguerite Bourgeoys: ella sólo demanda franquear las fronteras geográficas, lingüísticas, sociales y culturales, para hallar nuevas maneras de practicar
una educación verdaderamente liberadora.